En el camino, Satoru Suzuki —quien no tuvo más remedio que esconder su rostro con una ilusión y cambiarse de ropa— abrió la puerta indicada que conducía a una tienda, y se sorprendió levemente.
Esto no se refería a su huella arquitectónica, sino al tamaño total de todo el edificio; cada puerta medía al menos cuatro metros de altura. Sin embargo, todavía no podría acomodar grandes razas como Gigantes, por lo que, para decirlo sin rodeos, sus intentos de atraer a todos no lograron ganarse a nadie.